domingo, 3 de septiembre de 2017

UNA BÚSQUEDA DESESPERADA (EPISODIO #406)


Necesitaba que el sol, imperiosamente, consolara mi alma desgarrada, pero el búho aleteaba y me aireaba. De pronto abría sus alas, engalanadas con sus plumas pardas, y desaparecía en la vasta pampa, sin siquiera despedirse con su hipnótica mirada. Yo gateaba, intentando escapar de la sombra nefasta que todo lo devoraba. Sacaba mi brazo. El calor me reconfortaba. Asomaba mis labios agrietados, tan deseosos de agua. El gato trepaba por mi espalda encorvada. Me arañaba. No me salían las palabras. El estupor me había dejado sin habla: la superficie estaba inclinada, como la boca de un volcán pero sin lava. No menos de un centenar de indios levantaban una pirámide tan colosal que no me alcanzaba la mirada para contemplarla. Mi búsqueda desesperada apenas comenzaba.


FIN
(Continuará)


sábado, 2 de septiembre de 2017

UNA BÚSQUEDA DESESPERADA (EPISODIO #405)


Como una gota ilusionada buscando salir de un caño de agua, circulaba. La tierra rugosa rozaba mi espalda y desprendía todo ese barro que tanto me fastidiaba. Moverse a gatas puede ayudarte a vencer ciertas trabas. Cada metro superado era un recuerdo que, inexorablemente, desprendía algunas lágrimas: un pasado tranquilo, mi casa, los ojos de mi madre, todas las desesperanzas, la promesa de un amor verdadero, una búsqueda desesperada, la firme convicción de que la naturaleza es muy sabia. El búho nos esperaba con sus grandes ojos que eran como lámparas. Debíamos superar un par de metros para que el sol volviera a acariciarnos con su mansa llamarada.


UNA BÚSQUEDA DESESPERADA (EPISODIO #404)


El búho volaba a ras del suelo, levantando polvo con su deslumbrante planeo, tan cadencioso, tan recto. Una de las paredes presentaba una abertura que despedía un rayo de luz bastante intenso. El búho se adentraba sin titubeos, como una bala de plomo dando en el blanco tras un disparo certero. No cabía duda, se trataba de un pasadizo secreto. Era un túnel de tierra, bastante estrecho, en el que sólo cabía un cuerpo. Internando la cabeza en el espacio hueco lograba verlo en el otro extremo, quieto como el manto azulado que el cielo tendía más allá de sus ojos hechiceros. Estimaba una veintena de metros. Me mordía los labios, sonreía en placentero silencio. Quería escapar de ese antro horrendo. Entonces yo entraba primero, gateando cual niño en busca de su ansiado sonajero.