jueves, 17 de agosto de 2017

UNA BÚSQUEDA DESESPERADA (EPISODIO #391)


Las garras del gato escarbaban rápido. Removía la tierra como un taladro. Yo seguía su gesta, esperanzado y mareado. La falta de oxígeno me estaba matando. Tan sólo conseguía balbucear unas palabras que no recuerdo tanto.


UNA BÚSQUEDA DESESPERADA (EPISODIO #390)


Mis mejillas se mojaban en lágrimas de desencanto. Todo ese mundo fascinante que risueñamente había soñado, con Sofía a mi lado, se rompía en mil pedazos, como si un asteroide gigante lo estuviera atravesando. Mi triste deceso no podía ser evitado. Aquel averno, al que injustamente me habían precipitado, era tan cruel y nefasto que prefería morir rápido. Mi cuerpo tiritaba, no podía controlarlo. Cuando estás por morir, el miedo a convertirte en polvo te deja helado, pero escuchaba un maullido, no estaba alucinando. El asteroide imaginario parecía desviar la trayectoria de su destino trágico. Los gatos siempre atienden a los ruegos desesperados.

   

miércoles, 16 de agosto de 2017

UNA BÚSQUEDA DESESPERADA (EPISODIO #389)


Los segundos me estaban desgarrando. No podía evitarlo. Mi desdichada vida dependía de un milagro. ¿Dónde estaban los sucesos extraordinarios? El aire se estaba agotando. Aspiraba lo mínimo y necesario. Padecía los síntomas de un luctuoso desmayo. Desvanecerme en un espacio tan cerrado, prácticamente era trágico. «Si tan sólo Sofía supiera que lo he intentado», me lamentaba por lo bajo, llorando. Estaba condenado. A veces los ángeles no atienden a los ruegos desesperados.


martes, 15 de agosto de 2017

UNA BÚSQUEDA DESESPERADA (EPISODIO #388)



Reaccionaba. Había perdido el conocimiento pero respiraba. Recordaba mi nombre, lo deletreaba. Evocaba todos mis fantasmas. La tierra, guacha, me estrujaba: tenía la espantosa sensación de que en cualquier momento podía exprimirme hasta las entrañas. No exageraba. Encima me ahogaba. Como podía, aspiraba el poco aire que me quedaba. Es muy difícil mantener la calma cuando la parca ya es una amenaza. «¡Maldición, no puedo darle la espalda!», murmuraba. Titubeando, me decepcionaba. La tierra me prensaba cual máquina. Perneaba. No conseguía nada. Me sentía un pez moribundo en un mar de agua congelada. Pensar en Sofía sosegaba mi miedo y me serenaba. Ella seguía siendo el faro que me guiaba.